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Energía nuclear: ¿salvación o catástrofe?

Nuestro mundo se encuentra en medio de la transición energética más grande, y urgente, de nuestra historia: tenemos apenas unas décadas para abandonar por completo las energías sucias y apostar por las limpias.


Cuando pensamos en energías limpias, pensamos, casi siempre, en la solar, la eólica, la hidroeléctrica y la geotérmica, pero hay una fuente de energía en torno a la cual gira un acalorado debate en relación a su conveniencia y sustentabilidad: la energía nuclear.



En el debate se mezclan datos duros con temores justificados. Los recuerdos de Chernóbil (1986) y de Fukushima (2011) siguen frescos en la memoria colectiva, y las plantas nucleares son vistas con recelo: nadie quiere tenerlas cerca. A su vez, sus defensores se apoyan en su potencial sustentable y bajo costo de producción, y la enaltecen como una parte esencial de cualquier plan de transición energética.


Entonces, ¿es la energía nuclear nuestra salvación (al menos en parte), o apenas un atajo, una mala idea disfrazada de solución?



La energía nuclear como salvación


La energía nuclear, o energía atómica, se puede definir como la energía contenida en el núcleo de un átomo. Todos los átomos están compuestos por dos tipos de partículas, neutrones y protones. A grandes rasgos, se puede decir que la energía nuclear se obtiene como resultado de separar estas partículas en un proceso conocido como fisión nuclear.


Aquellos que defienden a la energía nuclear como parte de una solución sustentable a la crisis energética mundial aluden, antes que nada, a la inexistencia de emisiones. Las plantas nucleares no emiten dióxido de carbono (CO2) ni metano (CH4), dos de los principales causantes del cambio climático, en ninguna etapa de su proceso de producción energética.


Además, a pesar del alto costo inicial de montaje de una planta nuclear, esta produce energía sumamente barata, ya que únicamente requiere de uranio para funcionar; y su nivel de eficiencia es superior a todas las demás fuentes de energía conocidas: trabaja a su máxima capacidad, en promedio, un 93% del tiempo. En contraste, por ejemplo, en el año 2016 las plantas de energía hidroeléctrica de Estados Unidos trabajaron a máxima capacidad apenas un 38,2% del tiempo.


Esto último se debe a que la energía nuclear no depende de las corrientes de viento (como la energía eólica) ni de la cantidad de horas de luz solar directa (como la energía solar) ni de las

corrientes ni los niveles de agua (como la energía hidroeléctrica), por lo que puede operar constantemente a máxima capacidad, deteniéndose únicamente para realizar rigurosos controles de seguridad y trabajos de mantenimiento.


Por último, así como las energías limpias se encuentran en constante desarrollo, la industria nuclear invierte cantidades astronómicas de dinero para alcanzar nuevos niveles de eficiencia y sustentabilidad, a sabiendas de que ninguna energía sucia tendrá lugar en el futuro medio.


Proyectos como el del multimillonario Bill Gates, Natrium, buscan exactamente esto: aprovechar la energía atómica de forma más segura, eficiente, estable y, lo que no es menos importante, a menor costo.




La energía nuclear como catástrofe


Una fuente de energía que no emite CO2 y que produce energía barata de forma continua: si suena demasiado bueno para ser real, es porque lo es. Uno de los principales argumentos en contra de la energía nuclear es el peligro que conllevan los accidentes. Aunque es verdad que estos son raros, su potencial destructivo es inconmensurable, como quedó demostrado en 1986, cuando una falla en uno de los reactores de la planta nuclear de Chernóbil provocó una reacción en cadena que fácilmente podría haber destruido a la humanidad como la conocemos.


Si bien las regulaciones, los controles y la tecnología no dejan de avanzar en dirección a plantas nucleares cada vez más seguras. Pero los detractores de la energía nuclear no se basan solo en este miedo, por más justificado que sea.


Además del peligro de un potencial accidente, la energía nuclear tiene tres grandes problemas. El primero es que depende de una fuente material finita, que es el uranio. Este hecho no es menor, ya que, al depender del uranio para funcionar, le quita el carácter de renovable y la hace, por sí misma y en el mejor de los casos, una solución temporal.


El segundo es que, a pesar de no liberar gases tóxicos a la atmosfera, sí que genera desperdicio, y no cualquier clase de desperdicio: desperdicio nuclear. Este es uno de los mayores desafíos que enfrenta la industria, ya que el desperdicio que producen las plantas nucleares seguirá siendo radioactivo durante años. Lo que si podemos decir a favor de los desperdicios es que existe un porcentaje muy elevado de residuos que pueden ser reusados y reintroducidos a la fusión nuclear después de ser tratados.


El tercero es que, simplemente, construir una planta nuclear requiere una inversión inicial de miles de millones de dólares, a diferencia de los costos tanto menores de las plantas industriales de energía solar, por ejemplo.


En definitiva, a la hora de diseñar una estrategia de transición energética, descartar una fuente potencialmente limpia como la energía nuclear puede ser un error, pero también puede serlo asumir los enormes riesgos que esta acarrea.



¿Qué dicen los ecologistas?


Los ecologistas se encuentran divididos en este punto: los detractores aluden a que en el futuro no será necesaria, debido a los avances tecnológicos que se esperan en cuanto al desarrollo de las energías más limpias; mientras que los que están a favor aluden a que la energía nuclear es una fuente relativamente limpia de energía que está disponible hoy mismo.


Entonces, ¿es la energía nuclear la solución al cambio climático? Seguramente no, pero nos guste o no, debido a su potencia energético y bajo costo, es muy probable que forme parte de la solución, al menos en el corto plazo.


Una señal clara de que así será es la propuesta de Ley que recibieron en Bruselas a finales del año pasado, en la que se propone una serie de lineamientos en cuanto qué se considera como energía verde (para determinar permisos de desarrollo y subvenciones),según la cual todo proyecto energético que sustituya al carbón y emita menos de 270 gramos de CO2 por Kw/h debe ser certificado como verde, lo que convertiría a la energía nuclear en energía verde, a menos a ojos de la Unión Europea.


La historia dirá si esto es, o no, un error.


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1 Comment


me gusta , bonita labor el 27/3/22 en conserola

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