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La responsabilidad de las voces influyentes frente las injusticias sociales

Cuando una persona con una gran audiencia se calla ante una injusticia, está perdiendo la posibilidad de educar y concienciar a su público. 


Foto de Alfo Medeiros

Cada día vivimos más inmersos en las redes sociales; consumimos entretenimiento, noticias, compartimos nuestra vida privada y formamos parte de comunidades en línea. Sin darnos cuenta, somos influenciados diariamente a través de personalidades famosas e influencers que seguimos, ¿pero qué alcance puede tener esa influencia?


En la era digital, las personas influyentes tienen un alcance sin precedentes gracias a las distintas plataformas y medios de comunicación a los que tienen acceso, llegando a audiencias masivas de manera instantánea y directa. Estas figuras, sin darse apenas cuenta, tienen un poder en sus manos más grande del que piensan: son capaces de alterar y determinar la forma en la que una persona piensa, se comporta y se habla.


Este poder de influencia conlleva una gran responsabilidad, especialmente cuando se trata de abordar temas de impacto social, como es la denuncia de injusticias o la promoción del cambio social positivo.


El problema llega cuando estas voces influyentes deciden callar y no hablar sobre problemáticas que afectan a todas las personas, como es el genocidio que lleva tiempo viviendo el pueblo palestino o la falta de recursos en los campos de refugiados alrededor del mundo. Muchas de estas figuras deciden callar por miedo a perder seguidores u oportunidades de colaborar con marcas, pero no se dan cuenta de que lo que están perdiendo es la posibilidad de concienciar a su público sobre la realidad que las personas viven más allá de la perfección que se muestra en las redes.


Muchas personas pueden creer que estos influencers o celebridades no pueden representar un cambio en la vida de las personas, pero lo cierto es que una simple historia de Instagram o una publicación en X (Twitter) pueden representar el despertar del interés de muchas personas a informarse sobre lo que está ocurriendo en el mundo y, seguidamente, empezar a aportar su granito de arena.



La cuestión es que muchas de estas voces influyentes consideran que su palabra no salvará el mundo, y por eso prefieren mantener silencio. Un grave error. Cuando sumas más de un millón de seguidores, tienes un poder muy grande en tus manos, en especial un poder para hacer un bien que hoy en día hace falta de verdad.


Por suerte, tenemos personalidades que sí usan su privilegio para alzar la voz ante injusticias, como la actriz Alba Flores, que en repetidas ocasiones ha reivindicado su apoyo a Gaza con mensajes como “stop comercio de armas, alto al fuego ya” o en plena gala de los premios Goya diciendo “paz para Palestina”. Otros ejemplos son Carlota Bruna y Jon Kareaga, ambos activistas medioambientales, que desde sus redes sociales promocionan un estilo de vida sostenible, sin residuos, luchando por concienciar sobre la importancia del medio ambiente. 

En el caso de Kareaga, hace reportajes en sus redes sociales sobre las condiciones de vida en lugares como Bangladesh, donde los salarios son precarios, la explotación infantil es parte del día a día, y la industria de la moda contamina sus paisajes. Por otro lado, Bruna informa sobre reciclaje, conservación y el testado en animales, entre otros temas.


Ellos son un claro ejemplo de que, si se quiere, se puede. Las oportunidades no se irán por dar voz a quiénes la necesitan, y en caso de que se marchen, mejor, porque llegarán las que verdaderamente valen la pena.



Al usar su voz para abogar por la justicia y la equidad, así como para informar sobre la realidad que viven otros países, las personas influyentes pueden desempeñar un papel transformar en la construcción de un mundo donde todos tengan igualdad de oportunidades y sean tratados con dignidad y respeto. Su compromiso con estos valores fundamentales es esencial para avanzar hacia un futuro más humano para todos.

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