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¿Los activistas climáticos representan una amenaza?

Actualizado: 16 nov 2023

El activismo medioambiental ha pasado de ser visto como un movimiento de hippies a un movimiento que puede amenazar el estilo de vida y los intereses económicos de las grandes empresas.



Hay quienes consideran que el movimiento contra el cambio climático es algo de los jóvenes de hoy en día, pero la labor de los activistas climáticos viene de lejos. A principios del siglo XIX, el científico Svante Arrhenius y la científica Eunice Newton Foote ya hablaban de cómo los combustibles fósiles podrían acelerar el calentamiento de la tierra. Sin embargo, el movimiento medioambiental no comenzaría hasta la década de 1970.


Había terminado la Segunda Guerra Mundial, la producción industrial se elevaba exponencialmente alrededor del mundo, y los científicos empezaban a apuntar los cambios drásticos en la temperatura del planeta Tierra. Los veinte años que transcurrieron entre 1950 y 1970 fueron los más fríos que se había apuntado hasta el momento, pero la temperatura fue aumentando escalonadamente los siguientes años.


Los científicos ya hablaban abiertamente del calentamiento global en los años 70, alertando del grave problema que supondría para el planeta tal aumento de temperatura, pero no eran escuchados y las emisiones de CO₂ no hacían más que aumentar. El movimiento hippie se encontraba en alza durante aquellos años, un movimiento que destacaba por la libertad de los jóvenes y la preocupación que tenían por el planeta; su filosofía era vivir y dejar vivir, y eso incluía cuidar del mundo en el que vivían. Es por eso que, cuando alguien se denominaba activista climático, rápidamente era catalogado como hippie y se desacreditaba su opinión. El activismo climático sería visto durante años como de locos o exagerados.


El año 1988 sería registrado como el año más caluroso de la historia del que se tenía constancia, y los medios de comunicación empezaron a relacionarlo y nombrarlo efecto invernadero. Los hippies ya no se equivocaban tanto, pero la labor del activismo medioambiental seguía siendo estigmatizada.


En las épocas de los años 80 y 90, la pública sobre el cambio climático comenzó a aumentar, y se produjo un aumento en el activismo y la conciencia pública sobre el tema. Políticos como Ronald Reagan y Margaret Thatcher incluyeron el calentamiento global en sus agendas políticas, pero no se tomaría en serio hasta que en 1995 un grupo de científicos hablara por primera vez del riesgo de un agujero en la capa de ozono ocasionado por las emisiones de las industrias. Desde entonces, los políticos empezarían a tomarse el calentamiento global como algo serio, pero el activismo ambiental no sería puesto en primera página hasta la llegada de Greta Thunberg.



Si durante la última década el movimiento climático había estado silenciado o, al menos, no se hablaba tanto de él, todo cambiaría cuando una nueva ola de activismo climático surgiera tan solo hace unos años. Esta nueva ola, liderada por jóvenes, ha llevado a manifestaciones y huelgas escolares en todo el mundo, todas con el mismo objetivo: proteger el planeta y enviar un mensaje claro, no hay un planeta B.

La activista sueca Greta Thunberg se ha convertido en una de las principales figuras de este movimiento, y ha inspirado a millones de jóvenes en todo el mundo a tomar medidas contra el cambio climático.



Hoy en día, el activismo medioambiental se centra en la importancia y la necesidad de tomar medidas urgentes y efectivas para abordar el cambio climático, y en la necesidad de involucrar más que nunca a todos los sectores de la sociedad. Los objetivos propuestos en las pasadas ediciones de la Cumbre Mundial por el Clima no se han cumplido, y no se ha podido llegar a frenar la subida de la temperatura de la Tierra.

Es por eso que los activistas piden un cambio radical en las políticas y prácticas de los gobiernos y las empresas de todo el mundo, exigiendo una transición rápida hacia un futuro más sostenible y resiliente antes de que sea demasiado tarde.


Este cambio radical afectaría los intereses económicos de las empresas más contaminantes del mundo, ya que su forma de producción -que es la más contaminante- es la que más beneficia a empresas como Coca Cola, Danone o Nestlé. Por consiguiente, es crucial que los políticos de nuestro país -y el resto del mundo- creen políticas que obliguen a las empresas a producir de la manera menos dañina para el planeta y de la forma más sostenible posible. De ahí que las grandes empresas teman a los activistas medioambientales, pues son quienes pondrían en riesgo todo lo que han creado a base de contaminar y dañar el mundo.



El planeta Tierra ha sufrido daños irreparables, pero todavía estamos a tiempo de reducir sus consecuencias si como sociedad hacemos algo al respecto. Algo que puede parecer tan pequeño como comprar a granel puede significar un gran cambio en la forma en que consumimos y contaminamos.


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